Invisibles.

 Chiquilín 

enredado en las cerdas del pincel te asomas en la tela

con un pie descalzo -el otro, mal calzado-

alimentas la culpa de los viajeros 

y tus huesudos dedos escurren el hambre

en una mueca incierta que aparece en tu cara 

al encender el fuego que en tu vida se apaga. 

 

Chiquilina 

caminas con la carga del destino en tus espaldas,

tus piernas, gastadas de andar desaparecen 

en el temblor de los guijarros.

Descubro en tu mirada recuerdos apagados,

encierras las nostalgias de aquello que es ausencia,

y remiendas los sueños amasando la arcilla 

mientras con la otra mano consuelas a un bebé. 

 

Chiquilines de alpaca, de cañas y de juncos, 

chiquilín de la calle, de la quema del mundo,

sobre el cemento ardiente o en la tierra rojiza

con pinceladas verdes tu clamor silencioso

se esfuma en pastel tiza. 

 

Chiquilín/a de los campos y los montes lejanos

con coca y aguardiente se quema tu infancia 

que vino rota al mundo.

Ahora me ves;

al delinear tus ojos se debate la angustia 

en mezclas de sangre y esperanzas. 

 

¡Sólo entonces descubro que puedo! 

a “los invisibles" que, como vos, 

fueron paridos en las sombras, 

cubrirlos de luz.

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