Pavor.

 Aproximarse a la orilla del cosmos.

Sortear cuerpos celestes

en una galaxia desconocida.

Enfrentar el humo de la costra quemada 

del único pan que pudiste hacer 

con los últimos restos de harina.

Que te invada el llanto 

que brota de los ojos 

que reclaman ese pan.

Que te circule por el cuerpo

la impotencia,

las ganas de amar 

y no tener a quién. 

No recordar la letra de esa canción

que te ronda…

a pesar de que es la única 

que te recuerda su voz. 

Que la sorpresa de una traición 

te haya marcado el rostro. 

Descubrir que el amor es solo una quimera.

Todo esto no puede compararse 

con el pavor que despierta

esa silueta reflejada en el espejo, 

roto, de tanta realidad. 

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